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jueves, 31 de marzo de 2016

Algunas claves de la buena literatura


La hora de literatura española de segundo de bachillerato supone un espacio al que voy lleno de ilusión, no porque a otras clases no vaya también con la misma actitud, sino porque allí puedo-podemos hablar de literatura en estado puro. Estamos leyendo Los pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán, una novela excelente que plantea un modo de entender la literatura que no es común para ellos, mis alumnos, un combinado altamente interesante y reducido. Hay alumnos de raíces cristianas o indiferentes y otros de formación musulmana. Y todos tienen que enfrentarse a una historia decimonónica compleja que aporta múltiples lecturas y consideraciones a las que vamos entrando en ese espacio de discusión que es la clase.

En efecto, la hora se nos hace corta intentando diseccionar los dos capítulos que nos tocan cada día y que muestran la evolución de la historia que plantea la relación entre una mujer, Nucha, y un curita, Julián, enamorado platónica e inconscientemente de ella y que asiste a su desgracia en un matrimonio con el Marqués de Ulloa, que ha propiciado el propio sacerdote con la mejor de las intenciones o para estar cerca de ella. Lo sugestivo de la lectura es que todos han de entender que la novela no nos explica todo con pelos y señales, y nosotros, como lectores avisados, hemos de aprender a leer entre líneas. Están habituados a relatos en que todo se explica sin dejar espacio a la imaginación. Cualquier situación, en estos, es explicada y subrayada para que no quede lugar a ninguna confusión. Esta es la primera lección a la hora de enfrentarnos a un texto: no hay que esperar que nos digan todo. A veces es una leve sugerencia muy sutil que hemos de recoger y que a lo largo de la lectura se irá desarrollando. No es necesario subrayar lo obvio, sí releer para captar intenciones que en una primera lectura no nos son transparentes. Así los once alumnos y el profesor discuten abiertamente sobre las motivaciones de los personajes, el encadenamiento de los sucesos, la interpretación abierta de los mismos. Una buena obra literaria no nos da una explicación unívoca o tal vez no nos dé ninguna y hayamos de ser nosotros quienes descubramos las claves en una poliédrica discusión colectiva.

Me sorprende la distinta interpretación que dan a los hechos los alumnos musulmanes que interpretan las cosas a la luz de su religión y no comprenden cómo en la realidad de los pazos de Ulloa, en que todos se dicen cristianos, pueden actuar de un modo tan anticristiano. Este es un aspecto que cuesta explicar pues para ellos debe haber una coherencia entre la religión y el comportamiento personal. Afortunadamente, la obra que hemos leído anteriormente es Don Juan Tenorio de José Zorrilla en que se plantea la vida de un libertino burlador de mujeres y matador de infinidad de hombres, que en el último segundo se arrepiente y es salvado y llevado por Inés al cielo por la gracia de Dios. Esto les pareció injusto, pero yo les expliqué que el catolicismo es así. Todos los personajes de los pazos, incluidos los orondos curas de la comarca del Cebre, son cristianos hasta la médula, pero actúan como si no existiera Dios, movidos por la maldad y los vicios más ominosos. Así es la vida, les digo. En el último instante recibirán confesión y podrán salvarse, se supone, al menos así nos lo han explicado.

Otra cuestión magníficamente desarrollada en la novela, sin ningún discurso feminista o ideológico, es la situación de la mujer en el siglo XIX. Emilia Pardo Bazán fue una mujer independiente y enérgica que se cargó todos los tabúes respecto a su género femenino. Se casó muy joven pero posteriormente se separó cuando su marido quiso imponerle que dejara de escribir pues se había montado un escándalo formidable con sus artículos sobre el naturalismo, titulados La cuestión palpitante. Ella salió por libre, tuvo diferentes amantes, entre ellos Galdós y otros, y nunca dejó de escribir o intervenir en la vida pública e intelectual española a pesar de los ataques furiosos que recibía que la ponían como marimacho en adelante. La voz de la Pardo Bazán es clara pero nunca manipuladora. No nos da un discurso reivindicativo de la mujer. No, para eso estaba su vida personal. En la novela solamente se refleja lo que era la realidad para las mujeres, sin dogmas, y que cada uno lea lo que quiera. Toda literatura que lleva implícito un mensaje moral o político que hay que extraer es de segundo orden, pienso yo. La literatura debe dejar al lector la libertad de interpretar abiertamente. Pues bien, la situación de la mujer emerge clara en esta novela, sin subrayados como he dicho, y eso no les deja indiferentes. La mayoría de los alumnos son chicas que reconocen en ese machismo de época, aunque no totalmente distinto del que existe ahora, una lacra, y en esto coinciden alumnas musulmanas o cristianas. Esto me produce gozo, pues estas alumnas musulmanas están en segundo de bachillerato y puede que vayan a la universidad. Parten de una educación muy puritana pero la asistencia a un centro de enseñanza laico es una buena escuela para formarlas en la idea de igualdad. De hecho, no hay tema que no podamos abordar en clase. Esto es algo que hace una década era inimaginable por la distancia que había todavía entre la mentalidad musulmana y la occidental. Observo puentes, bromas, coincidencias y unos hábitos de pensamiento que permiten el debate abierto y gozoso que tiene a la literatura como centro de análisis.

La clase es eso precisamente, un club de lectura en que todos aportan su parte interpretativa. Es tan abierto el debate sobre el texto y subtexto de las obras, que cuesta a veces moderar la intensidad de sus intervenciones. La teoría es parte de la clase, pero no su plano fundamental. Creo que lo esencial es que se hagan sutiles lectores que no deben esperar que se lo expliquen todo o que los libros les den una idea moral o política transparente.


La buena literatura es ambigua y poliédrica.

domingo, 14 de junio de 2015

Un niño dentro de una maleta


He leído en un titular de El Mundo esto: la vida y el arte tienden a parecerse. Lo dice la actriz francesa Juliette Binoche. Me he quedado pensando sobre esto. ¿Es cierto que el arte y la vida tienden a parecerse? Es conocido el aforismo de Oscar Wilde que expresa que la vida imita al arte más que el arte imita a la vida. Sin duda son dos apreciaciones distintas: la presuposición de que el arte imita a la vida viene de la mímesis aristotélica y es el fundamento de la concepción realista del arte. Es la que atrae a mis alumnos que quieren encontrar en los libros que leen, o en el arte que contemplan, la idea de copia de la realidad, de imitación de la misma. Sin embargo, con los parnasianos se propuso la idea de que el arte era diferente a la vida, y defendieron el arte por el arte, sin cotejo con la vida real y concreta. Los simbolistas añadieron la visión de que lo poético, las imágenes poéticas encubren una significación oculta que está detrás. Son símbolos de una realidad subyacente y misteriosa a que solo tienen acceso los iniciados, los buenos lectores. Los surrealistas en buena parte continuaron con la idea del arte como revelación de lo oculto, de lo subconsciente. Así los símbolos oníricos son expresión de algo más profundo, que existe en otra dimensión que es esencialmente poética, la de nuestra psique oculta, la que desconocemos incluso nosotros mismos.

Pienso en Adou O., un niño costamarfileño cuya imagen en el interior de una maleta ha dado la vuelta al mundo al ser revelada por el escáner fronterizo. Es la imagen que ilustra el post. ¿Por qué nos ha conmocionado tanto y por qué ha desatado tal seguimiento de la noticia si su caso es uno más como tantos y tantos que día a día se están produciendo y que no nos conmueven? La imagen de Adou O. en el interior de la maleta es semejante a la de un feto en el interior de la placenta, tanto en la forma en que está encogido –en posición fetal- como por el color de la imagen –un tono anaranjado combinado con las líneas verdes de objetos metálicos-. La situación posee una proyección simbolista: una maleta común, como millones de maletas, es mostrada en su interior, y revela la presencia de un niño. ¿No es como los símbolos? Una realidad oculta se expresa solo para los ojos de los iniciados, en este caso todos los que hemos asistido a la anagnórisis o reconocimiento del niño oculto. Aristóteles vinculaba este procedimiento, la anagnórisis, a la tragedia, y es en efecto que todos los que vemos a Adou O. percibimos lo trágico de la situación, su vinculación a la tragedia del continente negro que se nos manifiesta en esta imagen que nos golpea. Adou O. no solo es Adou O. Es un símbolo muy profundo que ha llegado a nosotros más que con la imagen de un niño que no es conocida y no nos conmociona, con la realidad oculta de algo que no queremos ver pero que esta vez nos ha golpeado: es la tragedia de África expresada en un duotono cromático y una imagen fetal. Adou O. está en el interior de un claustro metafórico, encerrado, constreñido. Palpitante. Está sumergido en líquido amniótico y parece alimentarse  por el cordón umbilical. Las leyes prohibían su presencia. Su entrada en el fabuloso mundo occidental estaba prohibida. Sin embargo, él retornó de nuevo a la placenta para poder nacer a este lado. Es ese el instante en que el escáner lo captó y nos ofreció la imagen de una ecografía tridimensional. Estaba a punto de nacer y fuimos testigos de ello. La realidad de ello conecta con el arte simbólico y probablemente no será extraño que algún artista plástico juegue con la imagen de Adou O. para expresar lo trágico de nuestra dimensión. La de un mundo que se hunde, que se transforma en feto para llegar a renacer a este lado. Rápidamente hemos concedido la entrada de Adou O. para reunirse con sus padres. ¿Por qué? ¿Vamos a permitir que todos los niños de África ahora vengan en maletas para nacer de nuevo en Europa? ¿Ha cambiado nuestra visión de que la inmigración descontrolada es un peligro para nuestra sociedad?


Para mí está claro que la realidad ha imitado al arte, y no el arte a la realidad. Me conforta que pueda existir en su dimensión autónoma. Tal vez pueda urdirse un relato más de género realista para expresar el drama del niño y su familia, pero me quedo con la dimensión trágica, simbólica, amniótica, de Adou O. Que volvió a la realidad del vientre materno para renacer en una Europa aparentemente rica y próspera. Ojalá que Adou O. tenga la oportunidad de crecer y educarse en el mundo de este lado. Por unos días su escáner nos ha evocado la terrible tragedia de África. Nos ha fascinado, nos ha golpeado, nos ha hecho sentir la idea de ser mejores de lo que somos. Tal vez necesitemos nosotros también retornar al origen para descubrir lo que en realidad representamos: un drama dentro de otros dramas colectivos más amplios. El mundo se anega en sangre, pero Adou. O. como Kirikú, venció a la bruja y llegó a este lado del mar. Que sea para bien. Al final la bruja no era tan mala y solo estaba poseída por la desconfianza, el miedo, el terror hacia el lado oscuro.

martes, 21 de abril de 2015

El sentimiento de compasión


La noticia del hundimiento del pesquero en aguas del Mediterráneo con setecientas cincuenta o novecientas personas a bordo de los que se han salvado únicamente veintitantos ha removido la sociedad europea promoviendo reacciones emocionales distintas a tenor de lo que uno observa en la prensa digital en que los comentaristas opinan, resguardados por los heterónimos. A los que firmamos con nuestros nombres es difícil expresar una opinión que contraríe la que proyectan los buenos sentimientos de desolación, de compasión, de sensación de hipocresía ante la muerte de los cientos de africanos en el mar intentando alcanzar una vida mejor.

He leído repetidamente en FB la palabra ¡Vergüenza! referida a la actitud de los gobiernos que dejan inermes a estos pobres africanos sin rescatarlos de sus desdichas cuando se arrojan al mar o se ponen a escalar la valla que separa Melilla de territorio español. Si uno escarba en la raíz de nuestros sentimientos respecto a ellos no es difícil percibir que sobresale el de culpa. Nosotros que los explotamos, nosotros que los esclavizamos, nosotros que nos llevamos sus materias primas... Somos culpables y, por tanto, debemos aceptar la penitencia que conlleva aceptarles en nuestras sociedades y ayudarles para resarcir nuestra culpa original.


Ese sentimiento de compasión promovido por la culpa de origen judío no existe en África ni en Asia. En África nadie compadece a nadie que no sea de su misma tribu. A ese se le ayuda, pero no al de la tribu de al lado que es rival y enemiga. La compasión no forma parte de la cultura africana ni de la oriental. El que es pobre, allá él, el que sufre que no vaya cargando a los demás con sus desdichas pues nadie le hará el más mínimo caso. Si acaso lo mortificarán y lo aplastarán como hacen las mafias y tratantes de esclavos que traen a estos africanos y asiáticos a Europa metiéndoles en barcazas inmundas y poniéndolos a la deriva en el Mediterráneo. Los inmigrantes que van dentro saben que pueden morir. Lo aceptan. Saben que se pueden ahogar, que puede que los devuelvan a su lugar de origen... Es una apuesta sobre la propia vida. Pero si, por un azar, es rescatado, sabe que su vida dará un giro copernicano y desde ese momento entenderá que debe ser la sociedad y el estado occidental quien se debe encargar de mantenerlo. Los que han llegado animan a los que están a punto de salir. “Venid. Aceptad el peligro. Lo que hay a este lado es  mil veces mejor que lo mejor de lo que queda allí”. Y los inmigrantes en seguida entienden nuestras contradicciones, nuestro sentimiento de culpa y lo explotan. Saben que nos sentimos culpables de ser ricos. No lo entienden pero se dan cuenta de que es un mecanismo del que se puede sacar pingües beneficios. Subsidios, ayudas de todo tipo, reagrupamiento familiar, escuela, sanidad gratis. Algo inimaginable en la África de que provienen. Es sus países no existen los derechos humanos ni las libertades pero ellos no se preocuparán demasiado para lograrlas. No forman parte del juego. Todo es cruel pero nadie lo cuestiona. Sin embargo, en cuanto lleguen a occidente se imbuirán de un afinadísimo sentimiento de lucha por los derechos que reclamarán para no ser discriminados, para no ser excluidos de las dádivas públicas que saben que pueden conseguir. Lo que quieren es sencillo y humano: trabajo, vivienda, vivir con la propia familia que querrán traer en cuanto puedan. En su país hubieran aguantado todas las humillaciones, la ley del más fuerte, y no se hubieran rebelado en absoluto. No hubiera tenido sentido. Y habrían sido aplastados sin más explicaciones. Aquí es diferente. Se hacen luchadores por los derechos humanos. Tienen asociaciones que los ayudan a ser conscientes de ellos. Y el estado los ayuda. O les permite vivir infinitamente mejor que en sus países. Pero no están agradecidos. Sienten desprecio en cierta medida por los benefactores porque los sienten débiles, ricos pero débiles. Y ellos desprecian la debilidad, la nuestra. Desprecian nuestro sentimiento de compasión. Pero se aprovechan de él, de esa percepción de que somos culpables de los males del mundo, de la desigualdad, de todas la injusticias que existen, y, por fin, de nuestro bienestar como sociedades. Hay muchos españoles que quitarían las vallas de Melilla por inhumanas y dejarían entrar a millones de africanos integrándolos en la Seguridad Social, a los que habría que dar viviendas y a ser posible trabajo. Y todos esos barcos que se hunden someten a nuestra sensación de culpa a un agudo desgaste. Sí, somos culpables de no poner puentes entre África y Europa, de no ofrecer los buques de turismo para traer a todos los que quieran venir. Serían decenas de millones, tal vez más. Somos culpables de que se hundan esos botes de pesca donde los traficantes meten sin compasión a novecientas personas porque saben que juegan con el azar del rescate, una ruleta rusa pero que a veces funciona. El mundo es atroz. Nadie tiene compasión de nadie en los países de que provienen. Es un concepto que no existe. Huyen de África, de parte de Asia, de las dictaduras, de las hambrunas, de las persecuciones. Solo  buscan un futuro mejor y de paso muchos quieren traer sus sociedades a Europa, sus teocracias, su islam y la sharia. Hay algunos, tal vez muchos o pocos, que sabrán reconocer la oportunidad que se les abre con las libertades y jamás querrían retornar de nuevo a sus infernales sociedades, pero otros, muchos o pocos, querrán conquistar o reconquistar Europa para el Islam. Conocen nuestras debilidades, nuestras dudas, nuestra fragilidad y, sobre todo, nuestro sentimiento de culpa que disfrazamos de compasión.

viernes, 26 de diciembre de 2014

La isla misteriosa


Yo no era bueno con el balón y preferí los libros. Fue una opción entre dos visiones de la vida algo distintas. No sé si hubieran podido ser compatibles. El que soy es producto del libro y no del balón. Tal vez fue mi torpeza física, mi mente torturada ya desde niño, los que me llevaron a la letra impresa como intento de comprender mi realidad. Mis compañeros se lo pasaban genial a la hora del patio jugando, driblando, tirando a puerta y yo los veía con envidia. No me atraía, me sabía lento y torpe, y me quedaba aislado esperando que acabara el recreo buscando más la compañía de las niñas cuyas conversaciones me atraían más sin ser una de ellas. Mi padre tampoco me llevó nunca a un campo de fútbol ni tenía colores así que no fui ni del Zaragoza, ni del Barça ni del Madrid. Me sumergí en juegos solitarios y no de grupo, dedicaba todo mi empeño en la lectura de tebeos que eran los libros de los niños de aquel entonces cuando aún nevaba y hacía frío. No recuerdo muy bien qué encontraba en aquellas historietas de personajes estrambóticos, pero me atraían. No tuve libros de niño. En mi casa no había libros. Yo no sabía que existían los libros. Puede parecer extraño pero a mí no me regalaron un libro de goma para el baño, ni libros troquelados de páginas gruesas. No. Yo ignoré qué era un libro hasta los once años. Es algo que me sorprende. Sí que conocía la enciclopedia con que estudiábamos en la escuela infantil y los libros de texto del colegio de curas sórdido y gris en que estudiaba, pero no sabía que había otros libros más acogedores. Yo leía, como digo, tebeos, y veía la televisión. En ella aparecían personajes que yo amaba y se me hicieron míos. Así que cuando una mañana de invierno en una papelería alguien me mostró –o tal vez lo descubrí yo, no recuerdo- que había unos artefactos gruesos con ilustraciones y texto con los personajes de mis series televisivas aquello me produjo un impacto que no puedo calificar sino de extraordinario. No podía creer que fuera posible, que alguien hubiera inventado algo llamado libro cuya existencia me era desconocida y que albergara historias como las que a mí me fascinaban en la televisión. Así empezó mi historia con los libros. Ello me hizo fanático de ellos y a la vez me expuso a la crueldad de mi madre. Cuando ella quería hacerme daño, lo que era frecuente, me los tiraba por el balcón o los regalaba. El dolor que sentía era difícil de expresar. Era lo que yo más amaba, lo que me hacía vivible un universo cuyo color era aciago y sórdido. Por algún azar del destino llegué a descubrir una colección en que se mezclaban imágenes y texto, y se me apareció un autor al que quiero rendir homenaje en este post: Julio Verne. De alguna manera llegó hasta mí, no sé como me informé porque nadie me orientaba y en el colegio menos que en ninguna parte, La isla misteriosa. Si yo tuviera que elegir el libro de toda mi vida que he leído con más fascinación sería este. Su propio nombre ya es suficientemente expresivo: La isla misteriosa. Yo no había estado nunca en una isla, pero desde entonces supe que yo viviría en una isla misteriosa y que me cautivarían las islas, hasta tal punto que haya expresado que querría que mis cenizas fueran llevadas hasta una playa de una isla en el Atlántico, La Graciosa, y enterradas allí, junto al mar infinito. La lectura de aquella novela durante el verano de un año de los sesenta me llevó a sumergirme una y otra vez en las aventuras de aquellos náufragos que llegaron a una isla en globo y que construyeron allí su campamento y organizaron su vida levantando un pequeño mundo. Leí esta novela unas veinte veces durante aquel estío. Cuando terminaba su lectura con desolación, volvía a empezarla, una y otra vez. Ignoro por qué las novelas de islas me han fascinado y que ellas mismas me reclamen por completo. Y desconozco por qué la mejor metáfora del ser humano que conozco sea precisamente esa: ser una isla misteriosa. Así me considero yo, me hallo yo, en una suerte de isla que se sitúa en algún lado del océano, y en ella, con materiales precarios, construyo mi espejo de la civilización, en soledad o en escasa compañía. Nunca he sido una persona popular. A mi funeral irán como máximo una docena de personas si excluimos lo que es familia de mi mujer que supongo que irán. No he sido un hombre comunicativo, cordial, expansivo, campechano, de esos que reúnen por todos lados a montones de amigos. No. Siempre las amistades me han parecido excesivamente promiscuas y en algún sentido peligrosas. Tengo pocos amigos y tal vez no los trate muy bien. Me siento bien en mi isla misteriosa a la que he llegado en globo y no hay muchos habitantes, solo aquellos con los que puedo convivir sin excesivo peligro. Otros me reclaman desde la distancia y compartimos el afecto del conocimiento compartido. Del placer de la comunicación desde lejos. Entiendo que los seres humanos son peligrosos, ambiguos, amenazadores, inciertos. Puedo comprender por qué tantos seres humanos prefieren la compañía de perros que nunca los traicionarán. Es una experiencia que me falta. El caso es que aprendí a sumergirme en los libros a modo de islas misteriosas y en ellos he vivido más que en la realidad. En ellos he podido encontrar las experiencias más vivas y profundas. Puedo comprender que haya personas que estas las encuentren en el balón. Hay muchos que tienen como personajes vivos y fundamentales a los futbolistas, los equipos de la liga, la competición y esto les ayuda a mantenerse vivos incluso participando en peleas arregladas en que llegan a matarse como ha sucedido recientemente con un hincha del Depor. Yo tuve que decantarme por los libros. Ignoro por qué. Nada había en el ambiente que llevara a ellos en aquella época tan diferente de la actual en que se difunden campañas ominosas para atraer a los jóvenes a los libros. Prefiero la crueldad que se expresa en páginas escritas que la que existe en la realidad real. Es como un doble de la vida, es un refugio ante las inclemencias, es un parauniverso misterioso especialmente cuando se es adolescente. Nunca se vuelve a leer del mismo modo que cuando lo eres. Y es una tragedia el efecto de la tecnología, que aleja mentalmente a los jóvenes de los libros. El tipo de atención que requieren es diferente a la que necesita el móvil. Yo me siento contento de haber descubierto La isla misteriosa a los doce años en  un tiempo en que no había tecnología aunque esta encierra a las personas también en islas no precisamente misteriosas.

martes, 2 de diciembre de 2014

¿Dónde diablos está Orión?


Esta mañana he leído un texto de Manel Soria (Agrimensor Frikosal) que me ha interesado vivamente. Es profesor de Ingeniería Aeronáutica en la UPC. El texto que me ha llevado a escribir es este:

"El sistema educativo actual se basa en que los estudiantes deben repetir en un examen lo que se les ha explicado. Esto puede ser muy difícil, pero deja poco lugar a la creatividad. Con la dificultad de acceso a muchas carreras (por las notas de corte) el bachillerato se está convirtiendo en una especie de oposición. Pero las cosas que entran rápidamente al cerebro, salen del mismo modo y no se asimilan. Al llegar a la universidad, muchos estudiantes se han convertido en máquinas de sacar buenas notas, preocupadísimos por cada décima que se les puntúa en los exámenes, pero con serias dificultades en relacionar conceptos de diferentes asignaturas y en INVENTAR cosas nuevas. Estamos utilizando métodos docentes pensados para formar empleados de banca, contables y administrativos: deben ser disciplinados y conocer perfectamente lo que se espera de ellos. Cuando realmente yo creo que vamos a necesitar científicos, artistas, diseñadores, artesanos. Y ya puestos: ¿No se podría salir un día de noche con los niños y enseñarles donde está Orión? ¿Explicarles que cada noche pueden verlo muchos millones de niños como ellos en muchos lugares del mundo? Yo lo aprendí a los 35 años, menuda pérdida de tiempo".

La perspectiva de Manel Soria es diferente a la mía, pues él es profesor de los alumnos disciplinados y que sacan las mejores notas en Bachillerato, de una selecta minoría que es la que llega a la UPC y a la asignatura de Ingeniería Aeronáutica que él imparte. Se queja de que son disciplinados y trabajadores, que están obsesionados por las décimas de las notas pero que no son creativos, inhábiles en suma para lo que demanda el mundo actual que son profesionales imaginativos que sean capaces de conectar diversas disciplinas e inventar tanto problemas como soluciones nuevas.

Esta atinada reflexión conecta con lo que ha sido mi objetivo en toda mi vida de profesor en la secundaria y el bachillerato: conectar áreas y materias, abrir espacios de reflexión compleja sobre la realidad, utilizar la literatura como vehículo de reflexión sobre el mundo y la sociedad... Cuesta ciertamente. En la secundaria, nuestros alumnos son indisciplinados y les cuesta mantener la atención, no solo a lo que dice el profesor sino a lo que pueden aportar ellos mismos, diluidos en una madeja de conflictos interpersonales. Pocas veces, sinceramente, he podido hacer debates constructivos en clase para extraer ese potencial conocimiento que ellos tienen de sus circunstancias personales (inmigración, problemas sociales, conciencia medio ambiental, uso de las tecnologías). Sus relaciones son tan difíciles que me encuentro que no quieren que se lean públicamente sus composiciones escritas para abrir foros de debate entre ellos. En bachillerato los chicos se quejan de que hay muy poco compañerismo en las clases que se revela en fuertes enfrentamientos, envidias, rencores, entre ellos. Quiero decir con esto que muchas veces las aulas no son esos espacios propicios a la creatividad, aunque el profesor quiera y lo intente de una forma u otra. Los muchachos que yo frecuento, raramente se interesan por la actualidad. No leen de ninguna manera la prensa si no es deportiva, y ni siquiera ven los noticiarios en la televisión. El mundo se puede hundir y ellos no se enterarían más que cuando los cascotes cayeran sobre ellos. Adjudican escaso o nulo valor a la cultura que no les atrae en absoluto. Desdeñan en general el cuidado del lenguaje y sus registros lingüísticos son muy reducidos. Hay pequeñas minorías que escapan de esta radiografía, pero no tienen posibilidades de expandir su influencia que no es aprovechada. Nuestros alumnos aprenden a copiar, se acostumbran a no pensar y no salen de lo mecánico en sus respuestas que se basan en clichés. Hay alumnos disciplinados, claro está; son los que llegarán a Ingeniería Aeronáutica, una ínfima minoría en el ambiente que yo conozco pues el alumnado de esta universidad (UPC) seguro que se nutre más bien de centros privados o públicos de zonas de clase media. Pero a pesar de ello tampoco eso supone esa creatividad que Manel Soria anhela. Las pedagogías de estas escuelas de clase media no son creativas, pues se basan en la memorización y la repetición de esquemas con mucha mayor exigencia que la que podemos ejercer nosotros en los ambientes, poco sólidos social e intelectualmente, en que yo imparto clases de lengua y literatura creativas. Los profesores son en general también poco creativos, salvo excepciones, y se ven enfrentados a agudos dilemas cuando se les exige rigor y exigencia a costa de la imaginación y la creatividad, cualidades que no son especialmente valoradas en la secundaria.

Siempre me he considerado un nadador contracorriente, un francotirador, un verso suelto que ha tenido grandes aciertos y también sonoros fracasos. La creatividad y la imaginación necesitan un contexto en que nacer y desarrollarse para crecer, pero no lo hallo en mi esfera profesional. En el ambiente que yo veo, por una escuela progresivamente más burocratizada, por el contacto con profesores muy profesionales pero mecánicos, por la depauperación económica e intelectual de nuestros alumnos que no tienen la cultura como un bien ni gozan en adentrarse en la complejidad de las cosas, ni disfrutan creando o inventando. En ambientes más floridos económicamente, que es donde la creatividad podría manifestarse, tampoco los docentes se orientan a ello por sus enfoques esquemáticos del conocimiento y las exigencias de las notas de corte que condicionan todo impidiendo una pedagogía abierta y creativa. Así de una forma u otra, creamos, en el mejor de los casos, burócratas disciplinados, oficinistas grises, repetitivos, incapaces de hacer algo propio y original que no esté inspirado en lo que anhelan las masas, ajenas a los bienes culturales o a la imagen del universo que anhela difundir entre los niños Manel Soria.


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